Opinión
Por
qué no les importa a los trabajadores la reforma laboral
Tenemos
de nuevo otra reforma laboral. Como ya es tradicional, el secretismo
de las reuniones que llevan a cabo sindicatos, empresarios y
administración impide que se puedan formular alegaciones, peticiones,
acuerdos o desacuerdos por parte de los representados. Los representantes,
ya sean políticos o sindicales, se arrogan todas las capacidades,
todas las interpretaciones de la realidad posibles.
Esta forma de impedir la participación de los trabajadores y
del conjunto de la población en el debate que debería ser público,
obedece a una estrategia entre las tres partes (administración,
CEOE, UGT y CCOO) según la cual si se ‘filtra’ lo que se está
negociando, se ‘contaminan’ las conversaciones. Es decir, la
auténtica negociación, el verdadero intercambio, no lo que la
prensa difunde cuando ya es el texto de un inamovible decreto,
sino las transacciones entre los representantes de la patronal
y las cúpulas de los sindicatos oficiales son las que deben
permanecer en estricto secreto.
Evidentemente, los sindicatos negocian una parte para ellos
y otra para nosotros. Por un lado negocian para financiar sus
propias estructuras, para conservar su propio poder; ésta es
su parte. Por el otro lado, para nosotros, acuerdan que no suban
los salarios y que bajen las pensiones, que sigan sin controlarse
ni penalizarse los accidentes de trabajo, que en los convenios
se desregulen la jornada, el horario y el resto de derechos
laborales y encima, intentan hacernos creer que si no es por
ellos, estaríamos aún peor.
A
mediados o finales de diciembre, los periódicos nos sorprenderán
con algunos cambios en los tipos de contrato, reduciendo la
indemnización por despido improcedente y aumentando las subvenciones
a la contratación, o en las pensiones, quizás aumentando más
el número de años necesario para fijar su cuantía, y bajando
la cotizaciones empresariales a la seguridad social. Cuando
eso ocurra, la indiferencia general será la respuesta. Los comentaristas
políticos hablarán del tema según sean sus fidelidades; si son
afines al gobierno, en tono de admiración por haber conseguido
aunar los intereses de ‘las partes’ y poner las bases del crecimiento
económico y la competitividad; si son afines a la oposición,
dirán que las reformas son insuficientes, que el crecimiento
económico empieza a frenarse; pero todos coincidirán en silenciar
sin ningún remordimiento la situación real del trabajo en este
país. Todos los que tienen voz estarán de acuerdo en que recortar
los derechos de los trabajadores es algo imprescindible para
seguir manteniendo los beneficios empresariales. Y también estarán
de acuerdo en que es el único camino a seguir. Y por eso tienen
voz. Aquellos que nos oponemos, seremos sencillamente ignorados.
Desde
la segunda reforma laboral de 1997, sindicatos y patronal han
preferido incorporar a los convenios colectivos ‘otra reforma’,
más desconocida, más paso a paso, sin grandes pactos como ahora,
y por tanto sustrayéndola del conocimiento de la mayoría.
Mientras
UGT y CCOO dicen (o decían) defender las 35 horas, en los convenios
se han ido incluyendo sistemáticamente cláusulas de desregulación
del horario de trabajo para que el empresario pueda disponer
del trabajador durante más horas al día según las necesidades
de la producción (horas de puesta a disposición) con lo que
la media de horas trabajadas en vez de bajar ha subido este
año. Por otro lado, se han introducido en los convenios normas
para desregular la ordenación y estructura del salario (es decir,
que ligan el salario a la productividad de la empresa, aumentando
los complementos e incentivos y reduciendo la cuantía del salario
base), y también se ha aumentado la movilidad funcional (desregulación
de las categorías profesionales). Además, esto se produce después
de que en su momento, los sindicatos oficiales dijeran por activa
y por pasiva, que iban a “frenar” la primera reforma en los
convenios colectivos.
La
postura de los empresarios en esta ocasión no tiene grandes
variaciones. Vuelven con la misma canción de que la fiscalidad
de las empresas y su aportación a la seguridad social es demasiado
alta, lo que influye negativamente en la creación de puestos
de trabajo y en la competitividad de la economía. Los empresarios
se quejan de que aportan más de la mitad de las cotizaciones
sociales, y quieren que se reduzca su aportación para igualarse
con las empresas europeas. Lo que no dicen, es que, a pesar
de su ‘grandísimo’ desembolso, la cobertura social en este país
no llega al 50% de la media europea, a los que tanto les gusta
parecerse. Lo que pretenden es transferir este ‘gasto’ desde
la empresa al estado, de forma que lo que ellos dejan de pagar
lo paguemos todos vía impuestos indirectos. Así se verán liberados
de esa carga para aumentar su competitividad. Pero todo esto
se argumenta bajo una falsedad: no es el empresario quien paga
‘de su bolsillo’ esta aportación, sino que es un pago delegado
que hace en nombre de los trabajadores, que así constituyen
un fondo futuro; los empresarios pretenden que se le exima de
pagar y además que tampoco suban los salarios; que se suban
los impuestos que recaen sobre el trabajador y que bajen los
del trabajo. Además, al mismo tiempo, siguen pidiendo subvenciones
directas a la contratación. Es decir, ellos quieren independencia
del estado a la hora de pagar, pero piden al estado que financie
los contratos, al más puro estilo proteccionista. De hecho,
el Plan de
Empleo 2000 establece bonificaciones en la aportación
empresarial a la seguridad social por un importe de 285.000
millones, lo que equivale a una rebaja de 1,2 puntos en las
cotizaciones y representa un 138% más de reducción que el año
anterior. Aparte de este montante, las subvenciones directas
a la contratación se cifran en este año en más de 38.000 millones
para ‘insertar’ en el trabajo a 71.878 personas, es decir, que
cada uno de esos puestos de trabajo (de tan solo dos años de
duración obligada) costará más de medio millón de pesetas. En
cambio, si estos presuntos ‘insertados’ estuvieran en el paro,
no habría un duro para ellos.
Podría
parecer incomprensible que los sindicatos siguieran negociando.
Pero hay que atender a las contrapartidas reales para ellos
en todas estos procesos. En el plan de empleo 2000 se incrementan
en un 27% los fondos destinados a la formación de trabajadores.
En particular, para la formación continua, se destinan 124.000
millones, cifra nada despreciable si tenemos en cuenta que una
parte se ‘invierte’ en clientelismo sindical y la otra va directamente
a las arcas de los sindicatos ‘formadores’. En 1999 la cantidad
aportada por el estado y las comunidades autónomas (sin incluir
los fondos europeos que son magros) fue de 179.153 millones
para sindicatos y organizaciones empresariales. Sólo esto es
una buena razón para seguir negociando.
La
actual tesis que manejan los sindicatos ‘mayoritarios’ es la
que propugna que a mayor desarrollo económico, más empleo. Con
este argumento nos intentan convencer de que los trabajadores
hemos de contribuir al crecimiento del beneficio empresarial,
si es que queremos que haya más ‘trabajo’. Pero esto no es cierto.
La realidad es que una buena parte del crecimiento económico,
no va a crear puestos de trabajo, sino a suprimirlos. Además,
si esa receta se cumpliera, no les harían falta ahora reformas
laborales. Pero les hacen falta precisamente para enmascarar
lo evidente: aunque los empresarios han aumentado sus beneficios
un 29%, el paro sólo ha bajado un 2%. Es decir, esos ingresos
se han usado para el provecho de bancos, accionistas y sociedades,
o para la inversión en tecnología, pero no en puestos de trabajo.
Y aún el número de puestos de trabajo que dicen haber creado,
se debe al continuo aumento de flexibilización de las condiciones
de trabajo, del estancamiento del salario, de la inmensa baja
de las cotizaciones empresariales y de las subvenciones al empleo.
¿Cómo
puede soportar la mentalidad liberal y privatizadora de los
empresarios y políticos actuales que haya que subvencionar la
creación de puestos de trabajo? ¿Cómo pueden acordar eso los
sindicatos mientras en cambio, está maldito el subsidio de paro?
En
la negociación actual, UGT y CCOO se centran en reducir la temporalidad
de los contratos. Pero si nos fijamos realmente en lo que dicen,
no se refieren a eliminar el contrato temporal, ni siquiera
en determinados sectores donde no sólo es innecesario, sino
que está produciendo muchos muertos. Tan sólo se pretende introducir
algún tipo de “causalidad en la contratación”, regular algo
en cuanto a la “duración de los sucesivos contratos temporales”
o conseguir alguna especie de “garantía de igualdad de trato”
según palabras del mismo secretario de acción sindical de UGT.
Es decir, nada. Porque ya existe la causalidad en la actual
legislación laboral, porque ya está regulada la contratación
temporal y prohibida la encadenación fraudulenta de contratos.
No se cumple esa legislación; pero eso es culpa precisamente
de la parte empresarial, así que no tiene sentido seguir tratando
sobre lo mismo. Respecto a la igualdad de trato, ésta no tiene
sentido porque si fueran de “igual trato” que los contratos
fijos, los temporales no existirían. Este mismo cargo de la
UGT alega que sus peticiones se dirigen a conseguir “medidas
económicas y de reforma legal en materia de contratación temporal
y subcontratación que supriman cualquier ventaja respecto a
la contratación indefinida”. Hacer este tipo de peticiones es
hacer brindis al sol, en un intento de hacernos creer que realmente
se está ‘negociando’ algo. Con el contrato temporal sólo puede
hacerse una cosa: eliminarlo. Y con la subcontratación lo único
decente es obligar (y después hacer efectivo, que para eso tienen
tantos delegados sindicales) a que las condiciones de empleo
y salario de los trabajadores de las subcontratas sean idénticas
a las de los de la empresa contratante. Si estos sindicatos
han aceptado y aceptan la segmentación de los trabajadores,
¿a qué vienen estos cantos de sirena?
Por
otra parte, el tema de la temporalidad puede convertirse en
algo manido, una reivindicación de cartón piedra. Porque si
se consigue una extensión mayor de la contratación indefinida
(no olvidemos que el actual contrato indefinido de 33 días de
indemnización deja manos libres al empresario para despedir
después de dos años sin que tenga que devolver ni un duro de
la subvención recibida por ese contrato) al precio de abaratar
el despido improcedente hasta el límite de 20 días por año,
entonces, no se habrá conseguido más que un contrato temporal
algo más largo con otro nombre. Pero servirá de justificación
para aceptar algún tipo de recortes que imponga la patronal,
y decir después que ha sido ‘durísima’ la negociación.
Esta reforma laboral conlleva una retórica sindical y empresarial,
e incluso del propio gobierno, que no extraña a nadie, que no
quiere decir nada y que nadie cree. Incluso genera unas movilizaciones
de baja intensidad que han de acompañar a cualquier pacto y
que son como los fuegos de artificio: tienen que acompañar a
la fiesta. De hecho, se ha convocado para el 14 y 15 de diciembre
una huelga en el sector público por la negativa del gobierno
de elevar el salario de este personal por encima del 2%. Una
huelga que se llevará a cabo en jueves y viernes –lo que ya
dice algo de sus probabilidades de seguimiento- y que ha dejado
fríos a todos los trabajadores de este sector, en el que la
credibilidad de los sindicatos está quizá especialmente reducida
a ser una gestoría a la que recurrir para intentar conseguir
algún beneficio. La absoluta falta de decencia de la mayoría
de los representantes sindicales en el desempeño de sus cargos,
sin la más mínima formación, sin el más mínimo interés en luchar
por los derechos de sus compañeros y usando la situación privilegiada
que les ofrece el cargo en su interés particular, fomentan aún
más la decadencia del movimiento sindical en este colectivo.
Finalmente,
no se modificará sustancialmente la situación real. En el puesto
de trabajo, la ley es algo secundario. Muchos trabajadores no
la conocen, no creen que les ampare frente al empresario y tienen
un concepto de la justicia muy acertado; de que está del lado
de los poderosos. Que la reducción de la indemnización por despido
improcedente baje de 45 días a 20, por ejemplo, es algo de capital
importancia, pero lo que realmente da que pensar a los trabajadores
es como evitar ese despido, más que cuánto cobrará si llega
a producirse. El sindicalismo reivindicativo es impracticable
en esta situación. En general, la única manera de mantener el
empleo es preocuparse muchísimo más de no ser despedido que
de cómo o de qué se le contrata a uno. Las únicas formas de
defensa efectiva de los derechos pasan por abandonar el trabajo,
materializándose casi siempre en los casos de despido, ya sean
medidas judiciales o de acción directa.
Tampoco
se modificará la progresión de los accidentes de trabajo, puesto
que son víctimas de la competitividad, y hace falta no una ley,
sino un cambio en la forma de trabajar; no cambiará la firma
de los contratos en blanco; ni la firma de los ceses voluntarios
para que legalmente no haya despido y el empresario no tenga
que devolver las subvenciones; no cambiarán las horas extras
que no se cobran; ni el chantaje de los empresarios para trabajar
más horas, para no tener vacaciones ni días de descanso.
Tampoco se notará el despido más barato porque en la práctica
el despido es libre; no cambiarán los contratos basura, ni los
sueldos basura; nada de eso cambiará porque en “la realidad”
poco importa en la ley cuando hay que buscar trabajo o cuando
interesa mantenerlo. Esta realidad no existe tampoco en las
reivindicaciones de los sindicatos, ni en los medios de comunicación.
Está en la calle, en las casas, en todos los trabajos, pero
no sale a la luz, no es denunciado por quienes pueden y tienen
la obligación de hacerlo.
¿Cómo puede importarle a los afectados la reforma laboral si
esta de espaldas a su realidad?
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